Entrevista para La Vanguardia

es de esos escritores nómadas que viven su vida a ritmo de ‘carpe diem’, sin casa, ni coche, ni familia. No le hace falta, asegura convencido. Hasta hace unos años, Gamboa se consideraba de profesión aventurero y, realizando trabajos temporales, como jugar al póquer o dar clases de español a extranjeros, se costeaba sus viajes. Una lesión de espalda le obligó a quedarse en casa y es cuando decidió coger la pluma y escribir. ‘Llevo el mismo estilo de vida, sólo ha cambiado una cosa, que tengo trabajo fijo’, asegura el autor. Acaba de publicar ‘’, su segunda novela, que narra la inquietante que vive una cooperante española de UNICEF al ser detenida en un control de policía, torturada y condenada a veinte años de prisión. Lejos de ser una ficción, Guinea reúne los testimonios de las personas que Fernando Gamboa conoció en su viaje a la ex colonia española, un país asediado por un gobierno tirano y corrupto, y que, según el autor ‘este libro era una deuda que tenía pendiente con esa maravillosa gente, tan amable y hospitalaria hasta límites inconcebibles’.

Al principio de la novela usted conversa con la protagonista del libro lo que da mucha veracidad a la historia. ¿Cuánto de real tiene?
Está basada en historias que, o bien me han sucedido a mi, o me las han contado gente que conocí en Guinea Ecuatorial. Otras, como el momento en que violan a una niña con un tenedor o las brutales torturas por parte de los militares, son denuncias textuales extraídas de un informe de Amnistía Internacional. En la novela no me invento nada por muy alucinante que parezca.

La protagonista del libro, Blanca, una cooperante de UNICEF, ¿está inspirada en alguien? 
Me contaron la historia de una cooperante que en un control de carretera fue detenida porque en su diario criticaba al gobierno de Guinea. La mataron allá mismo.

Hábleme de su viaje a Guinea.
Estuve muy poco tiempo, no por falta de ganas, sino porque la policía me hizo la vida imposible. Siempre viajo con una mochila y un billete de ida, pues mi intención es quedarme un tiempo largo, pero en Guinea no me dieron la opción y tuve que irme por el acoso policial.

¿No les gusta el turismo?
Si vas a tu aire, mezclándote con la gente, no les hace ni pizca de gracia. Conseguir el visado es peor que pedirle una instancia al Papa. Has de pedir permiso para desplazarte, sacar fotos, quedarte en un hotel, etc. Aunque si eres americano los militares te sacan la alfombra roja. Los españoles no tenemos ningún negocio, sólo proyectos de desarrollo y, por este motivo, no somos bienvenidos.

¿Por qué desconocemos tanto de un país que hace cuarenta años fue colonia española?
Pues es una duda que yo también tengo y me da mucho que pensar. Franco declaró Guinea materia reservada cuando ésta se independizó. Eso quiere decir que no podía salir a la luz nada sobre el país.

Y eso que aún no se había descubierto el petróleo…
Se sospechaba que podía haber. Las empresas españolas contrataron a una compañía americana para buscar el petróleo y ésta negó rápidamente la existencia de reservas de crudo. Cuando los españoles se fueron, apareció todo el petróleo. Ahora es la segunda reserva más importante de África, produciendo los mismos barriles que Kuwait. EEUU, China, Francia o Inglaterra tienen intereses económicos en Guinea, pero España no, con lo que no se entiende porque se sigue guardando tanto silencio en torno a esta dictadura.

El malo de la novela es el presidente de Guinea, Teodoro Obiang. ¿Qué papel juega en este entramado sucio entre gobierno y empresas petrolíferas?
Él es la marioneta que las multinacionales apoyan para que puedan seguir saqueando el petróleo y haciendo dinero. Es uno de los personajes más ricos del mundo, con una cuenta corriente que no deja de inflarse. Por otro lado, ha sido el responsable de que el diez por ciento de la población de su país haya ‘desaparecido’.

Gabriel es el héroe de la novela, un guineano revolucionario que está dispuesto a arriesgar su vida para acabar con la represión. ¿Has conocido alguna vez un personaje así en el Tercer Mundo?
Es muy complicado. Cuando vas allí no entiendes porque la gente no hace nada. Pero aunque los militares son una pandilla de inútiles pero la población les teme, y con razón.

Pandilla de inútiles pero armados…
Pero a veces ni siquiera las saben usar. Hace poco entraron unos piratas nigerianos a las costas guineanas, concretamente, a la segunda ciudad más importante, Bata, y estuvieron diez horas saqueando todo lo que encontraron. El ejército no podía ni sacar los tanques porque las llaves del cuartel se las había llevado la señora del mercado. El helicóptero que salió a perseguir a los piratas no llevaba munición. Era todo un chiste.

¿Mantienen muchas de nuestras costumbres?
Muchas. Hablan castellano perfectamente y con un acento impecable. Usan las mismas expresiones, mismos tacos, cantan las mismas canciones. Esto hace que te enfades más porque te sientes muy identificado con ellos.

¿Qué recuerdo guardan de la época colonial?
Muchos guineanos, sobretodo los ancianos, echan de menos la colonización y se sienten aún españoles. Desde luego que nosotros no lo hicimos nada bien pero ahora el país está en la ruina. Un abuelito se me acercó un día y me dijo: ‘Yo soy español y esto es una mierda. Antes aquí había un cine, un colegio, un hospital, luz eléctrica, alcantarillado.’ Es como si ahora hubieran vuelto a la edad de piedra y, encima, en un contexto de corrupción, tiranía y miedo.

¿Y qué hay de los jóvenes?
No piensan así porque no les llega información. Las radios y los canales son oficiales y todos ellos emiten mensajes del tipo: ‘Obiang es dios por eso puede matar a quien quiera sin pedir cuentas.’

¿Hay esperanza para las futuras elecciones?
Las elecciones son de risa en Guinea. En las últimas el presidente consiguió el 99.5 por ciento de los votos. ¿Quién se lo cree? Lo que más me enoja es que una delegación de políticos españoles se encargó de supervisar las pasadas elecciones y al volver dijeron que Guinea era el paraíso de la democracia. Una de dos, o eran idiotas o corruptos. A mí sólo me costó un mes para darme cuenta de la tiranía del gobierno, la injusticia, la represión, la manipulación.

Al leer este libro, a pesar del drama, el lector siente ganas de visitar Guinea. 
Guinea es un país con unos paisajes impresionantes y una gente maravillosa. Me pregunto de dónde habrá salido el presidente y su pandilla. Los guineanos te ofrecen la comida suya de ese día a cambio de nada, aunque sea el último alimento que les quede. Recuerdo cuando en la ciudad preguntaba a alguien por una dirección y en vez de decírtela, esa persona te acompañaba hasta el lugar, aunque estuviera al otro lado. Jamás sucedería en Europa. Y la selva… ¡qué lugar! aunque la están talando a ritmo de vértigo.

¿No existe un plan de conservación?
Hay un parque natural donde habita el gorila de costa que está gestionado y protegido por la Unión Europa, pero cuando yo estuve allí escuchaba las 24 horas del día la sierra mecánica. No oyes ni los pájaros, ni los monos, porque todos están muertos de miedo y no sólo por la tala de árboles, también porque la única entrada de proteína que tiene la población es a través de la caza.

¿Qué hay de los pollos, vacas y ovejas?
No pueden criarlos por el clima y las enfermedades. En el mercado sólo encuentras cocodrilo, iguana, mono, cosas de este estilo.

En el libro describe la selva como un lugar tenebroso, ¿cuál fue su experiencia allá? La selva es un lugar oscuro porque sólo se filtra el dos por ciento de la luz, es decir, aquí habría más luz de noche que en la selva en pleno día. No ves por dónde pisas. Otra cosa impactante es la cantidad de insectos que circulan por el suelo, les oyes correr…¡y esos ejércitos de hormigas que devoran todo lo que se cruza en su camino! En resumen, es algo alucinante.

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General

GUINEANAS

El otro día, al hilo de una charla sobre mi última novela, un amigo me preguntaba si en África, y más concretamente en un país como Ecuatorial donde trascurre la trama del libro, también notaban la crisis. Opinaba que, están aquellos tan desconectados de la maquinaria que mueve el mundo económico, ajenos en sus cabañas de adobe a la debacle inmobiliaria, que posiblemente no lleguen a enterarse jamás de los aprietos que estamos pasando en el complejo y opulento hemisferio norte.

No le faltaban argumentos a mi amigo, y a punto estuve de darle la razón y sugerir seguidamente que nos liáramos la manta a la cabeza y huyéramos más allá del ecuador, donde el sol brilla a diario y la pobreza otorga la felicidad despreocupada del que ya se sabe pobre.

Pero, un momento –me dije-. Yo he estado viviendo durante años en lugares así, y me parece recordar que el paisaje no es tan idílico. De modo que acabé torciendo el gesto y diciéndole a mi amigo que ojalá tuviera razón, pero que cuando en lugares como España aumenta el paro, baja el consumo, o entramos en desaceleraciones aceleradas; en otros menos afortunados la gente muere de hambre. Si a esta ruina financiera global, le sumamos la crisis alimentaria, las guerras civiles, la escasez de agua potable o la desertización a causa del calentamiento global, nos quedará un fiel retrato de lo que para la mayoría de sus habitantes es el infierno en la Tierra. Un lugar, que el resto conocemos como África.

A la mayoría, si nos pidieran que pusiéramos rostro al continente africano, pensaríamos en un guerrero zulú, un futbolista, o un pastor masai dando saltos con su lanza; siempre hombres. Pero no, quien haya estado alguna vez allí, coincidirá conmigo en que África es femenina. África es una mujer. Es la belleza que no cabe en los ojos, la sensualidad en el olor a fruta y a carne podrida, la mirada que atraviesa el alma y sale por el otro lado llevándose lo que aún no sabíamos que no queríamos. Y son las africanas, las que hacen África. Allí donde los hombres se persiguen unos a otros por ser de una etnia distinta, se rebanan el pescuezo por razones que nadie comprende o se emborrachan de desesperanza imaginando su futuro, hay siempre mujeres fuertes, tenaces y pacientes, tratando de enmendar los estropicios de hijos y esposos, rehaciendo cada día lo que ellos deshacen el día anterior. África es la madre de todos, y aún la reconocemos al descubrirla de nuevo, pobre y abandonada, ajada por los disgustos de unos hijos que miran hacia otro lado al verla de lejos, temerosos de que se acerque a pedirles que se acuerden de ella, que no la dejen morir sola.

Pero ahora, me gustaría que acercáramos la vista al mapa de África. Asediada por vecinos mucho mayores, enclavada en el gatillo de este continente con forma de revolver, se encuentra la República de Guinea Ecuatorial. Cuando estuve hace unos años en esta que fue provincia española hasta 1968, recuerdo que me impresionó el hecho de que allí buena parte de los hombres son polígamos y que, para hacerse con nuevas esposas no dudan en gastar fortunas en dotes, lo que en la práctica acababa suponiendo que “compran” las hijas a sus padres y estás pasan a ser una posesión más del marido, pues según su punto de vista, bien que ha pagado por ellas. Me decían que, si el esposo tiene la mala ocurrencia de morirse antes de tiempo, muchas esposas terminan en la lista de bienes a repartir, junto al cebú o el terreno de bananos, y pueden acabar y acaban, “adjudicadas” a algún hermano o tío del difunto al que tendrán que servir el resto de su vida en calidad de acogidas. Mientras llega ese día, el trabajo de esta mujer será ir a por agua a algún riachuelo o fuente cercana (pues pocos son en Guinea los que disfrutan de agua corriente), buscar leña, trabajar en el campo o con los animales, cocinar, mantener la casa y los alrededores limpios y libres de maleza, llevarse bien con las otras esposas, complacer a su marido y, por encima de todo, darle media docena hijos que den prueba de su fertilidad. La vara de medir con la que se calibra a tantas mujeres en el mundo; tantos hijos tienes, tanto vales.

Este panorama tan poco halagüeño para la mujer guineana, además, hemos de situarlo en el contexto de un país que es ejemplo de corrupción, desigualdad y represión. Y esto no son palabras vacías. Organizaciones como la ONU, Amnistía Internacional, Human Rights Watch o Transparency International, sitúan a Guinea Ecuatorial entre los peores países del planeta en esos aspectos, a la altura de Birmania, Eritrea o Corea del Norte.

Hace ya treinta años que asaltó la presidencia de Guinea Ecuatorial un militar llamado Teodoro Obiang Nguema, y aún sigue ahí. Hoy en Guinea se le conoce como “el jefe”, aunque desde el palacio presidencial de Malabo han tratado de buscarle un sobrenombre con más enjundia, y así, hace unos años en la radio estatal decidieron presentarlo nada menos que como: “Un dios que está en contacto permanente con el todopoderoso, y puede matar a cualquiera sin que nadie le pida cuentas y sin ir al infierno, porque es el Dios mismo”.

En lo que al sistema político se refiere, el partido oficial PDGE (Partido Democrático de Guinea Ecuatorial) ocupa 99 de los 100 asientos del anecdótico parlamento guineano, tras una parodia de elecciones que, ganadas con ese mismo porcentaje de votos, fueron elogiadas por unos parlamentarios españoles que acudieron como observadores, por –y cito textualmente- el clima de libertad en que se ha desarrollado la campaña electoral. Sólo el CPDS (Convergencia para la Democracia Social), en generosa concesión gubernamental al multipartidismo, ha logrado hacerse con un escaño donde resiste numantinamente las presiones de un régimen decidido a no permitir un solo resquicio por el que la perniciosa democracia pueda llegar a filtrarse. Un proceder avalado por políticos de todo el orbe, que se abrazan a Obiang y le llaman buen amigo en banquetes y recepciones patrocinados por compañías petroleras.

Este dictador con ínfulas de divinidad, daría risa si no fuera por el más de medio millón de súbditos que viven aterrorizados bajo su abyecto gobierno. A pesar del alud de dinero proveniente de los 400.000 barriles de petróleo que se extraen diariamente del subsuelo de Guinea, solo una minúscula parte se destina a mejorar el bienestar de los guineanos, pues prácticamente todos los beneficios que genera el estado, van a parar a las cuentas corrientes de Obiang y su familia; algo que ha convertido a este ex alumno de la escuela militar de Zaragoza en uno de los hombres más ricos del mundo, con una fortuna personal superior a los 600 millones de euros, gobernando un país donde la inmensa mayoría no alcana a ganar ni veinte euros al mes.

Entre otras muchas carencias, los guineanos no disponen de servicios sanitarios, educación, seguridad o justicia. Baste decir que ante cualquier emergencia médica, el Hospital de Malabo es la única opción de asistencia; pero eso sí, bajo ciertas condiciones como pagar la estancia y el tratamiento por adelantado y llevar todo lo necesario para hospitalización: desde las jeringas o medicamentos, al colchón, las sábanas o la comida. Unos requisitos que, por supuesto, casi ningún guineano puede cumplir.

Pero lo que convierte a Teodoro Obiang y sus cómplices no sólo en ladrones si no en despiadados criminales, es la política de detenciones, torturas y asesinatos cometidos durante treinta años contra sus propios ciudadanos. Se calcula que en este periodo, el actual gobierno guineano ha exterminado a nada menos que el 10% de la población del país, y una cantidad indeterminada ha desaparecido o se encuentra encarcelada ilegalmente y sin garantías judiciales. Según un informe de Amnistía Internacional, los detenidos por la policía y el ejército son torturados sistemáticamente con métodos tan brutales como mutilaciones, rotura de huesos, violaciones múltiples, descargas eléctricas en los genitales o clavar tenedores en la vagina de las detenidas. Unas detenidas que, en la mayoría de los casos, su único delito ha sido ser esposas, hijas o hermanas de perseguidos políticos; pues resulta práctica habitual para las autoridades guineanas secuestrar a estas mujeres para violarlas y torturarlas, hasta que el hombre a quien buscan se entregue voluntariamente.

La lista de mujeres actualmente encarceladas en Guinea Ecuatorial de forma injustificada es larga, la de las que han sido torturadas o asesinadas es más larga aún, pero la que debería contar los nombres y las historias de todas las guineanas que sufren enfermedad, discriminación y penurias que no podemos ni llegar a imaginarnos, esa lista, es interminable …y sigue creciendo mientras usted lee estas líneas

Aquella misma noche, cuando regresé de casa de mi amigo, saqué de las estanterías mis álbumes de fotos y, abriéndolos, comencé a repasar imágenes olvidadas rozando paisajes y miradas con la yema de los dedos. Cuando llegué a las instantáneas de mi viaje a Guinea Ecuatorial, un rosario de enormes sonrisas me saludaron desde cada una de ellas, y caí entonces en el detalle, de que casi todas eran mujeres. Desde la niña que me enseñó a contar en fang en una calle de Bata, a la abuela que, enferma de malaria, vivía sola en una humilde cabaña de Luba cuidando devotamente de una moribunda hija devastada por el SIDA. Sin saberlo -pensé entonces-, había fotografiado la esencia de África. La sonrisa, la generosidad y la esperanza curtida en los rostros de aquellas mujeres valientes de un pequeño país aferrado al pecho de África. Mujeres que habitan en mi memoria y mi conciencia, y que espero allí sigan para siempre, porque ellas me obligan… nos obligan, a ser mejores.

Fernando

General

Los demonios aún siguen en el paraíso

Hace ya casi cuatro años, que se difundió ampliamente por internet una carta abierta a todo aquel interesado en leerla titulada Demonios en el paraíso, en la que denunciaba las atrocidades cometidas por el gobierno de Teodoro Obiang Nguema, presidente de Ecuatorial desde 1982. En dicha carta señalaba, con los datos en la mano, las decenas de miles de asesinatos cometidos contra sus ciudadanos por este régimen dictatorial, acusado de ser uno de los más despiadados y corruptos del mundo por organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, o Transparency International.

Gracias en parte, a la difusión global de aquella carta a través de la red, millones de ciudadanos en todo el mundo descubrieron las atrocidades cometidas por Teodoro Obiang y sus secuaces, así como el latrocinio sistemático al que sometía al medio millón de guineanos que habitan esa pequeña ex colonia española africana del golfo de Guinea. Denunciaba en aquella carta que, no satisfecho con el asesinato o encarcelamiento de uno de cada diez guineanos, Obiang y su familia –que es lo mismo que decir Obiang y su gobierno-, saqueaban sin recato alguno todos los recursos naturales de uno de los países más ricos de toda África –Guinea Ecuatorial está situada sobre una de las mayores reservas de petróleo del planeta-, cuyos beneficios ingresaban directamente en sus cuentas bancarias en Europa y Estados Unidos. Unos beneficios que, sobra decirlo, en ningún caso llegaban a la población guineana, que debía sobrevivir con menos de un euro al día y sin ningún tipo de asistencia social, educativa o sanitaria por parte del gobierno. Como ejemplo clarificador, los gastos en operaciones de cirugía estética de la esposa de Obiang, sumaban más que todo el presupuesto anual de Sanidad del gobierno guineano.

La lista de violaciones de los derechos humanos, atrocidades y delitos de toda índole perpetrados por Obiang contra su pueblo sería interminable, y por desgracia, he de añadir que las circunstancias desde 2008, cuando publiqué la citada carta usando la información recopilada durante mi viaje a aquel país para la redacción de mi novela Guinea, no han cambiado demasiado. A día de hoy, ya bien entrados en 2012, cuando acabo de publicar la versión digital de aquella misma novela, y me pongo al día sobre el estado en que se encuentra aquel país que medio siglo atrás se había bautizado como “La perla de África”, descubro apesadumbrado que son los mismos asesinos corruptos los que continúan señoreando Guinea Ecuatorial; como si de su feudo particular se tratara y fueran los ecuatoguineanos simple vasallos sin derecho alguno, cuando no simples esclavos de la avaricia sin límite la familia Obiang que, a fuerza de expoliar, robar y asesinar, es hoy una de las más ricas del mundo.

Pero, sin embargo…

En gran parte, gracias a todos los que en su momento difundisteis aquella carta de denuncia, hoy hay un sin embargo.

Lo que pretendíamos, lo que todos esperábamos reenviando aquella denuncia a familiares y amigos, escandalizados con la brutalidad del régimen guineano y la aquiescencia de las potencias occidentales, en parte, ha sido conseguido.

Cierto es, como he dicho antes, que Teodoro Obiang sigue gobernando Guinea Ecuatorial sin misericordia, enriqueciéndose cada día que pasa hasta límites absurdos sin repartir más que las migajas entre la necesitada población guineana. Pero algo ha cambiado, damas y caballeros. La opinión pública mundial –es decir, ustedes-, sabedora de los desmanes de este dictadorzuelo de opereta y su esperpéntica familia, ha empezado a mirar con otros ojos a los políticos que se dan de palmaditas en la espalda con este asesino, e indirectamente, ha llevado a que se abran investigaciones en Europa y Estados Unidos, sobre sus millonarias posesiones inmobiliarias y cuentas abiertas en nuestros bancos, donde iba a parar todo lo que robaba directamente de las cuentas del estado que se supone debía administrar. Un saqueo, para que se hagan una idea, que superaba el 95% del tesoro público ecuatoguineano, y cuyos réditos en el banco Riggs de Washington eran superiores a los de Arabia Saudita.

El hecho es que actualmente, y aunque aún nos queda a todos un larguísimo camino que recorrer, Teodoro Obiang y su familia prácticamente se han visto progresivamente recluidos en su pequeño país del, sin poder disfrutar como antes de su ostentoso tren de vida allende las fronteras, mientras viajaban de aquí a allá en cualquiera de sus aviones privados; y “Teodorín” Obiang, el hijo pródigo y heredero del trono de su padre, ya no se pasea impunemente con alguno de sus superdeportivos por los Campos Elíseos, ni sigue organizando sus famosas orgías de coca y prostitutas a cuenta del estado en su palacio parisino de 101 habitaciones -valorado en 500 millones de euros y recientemente requisado por la justicia francesa-, o en su fabulosa mansión Californiana, donde una investigación encabezada por el senador Carl Levin, obligó a cancelar todas las cuentas bancarias y bienes en Estados Unidos del clan Obiang. Un duro golpe, para quien poco tiempo atrás había sido recibido en la Casa Blanca por Condolezza Rice y calificado como “un buen amigo”.

Resumiendo: Teodoro Obiang sigue ejerciendo su criminal dictadura en Guinea Ecuatorial, y la perspectiva de substituirlo por un gobierno democrático en los próximos años es poco menos que una utopía, pero aún así, hemos de estar orgullosos de lo logrado.

Sí, ha leído bien. Usted ha de sentirse orgulloso y consciente de que, con el simple hecho de reenviar una carta, haya conseguido desviar ni que sea unos milímetros el rumbo de la historia, poniéndole las cosas un poco más difíciles a este abominable dictador y su detestable familia, lo cual es una prueba de que, si seguimos insistiendo, entre todos aún podremos lograr más. Mucho más.

Gracias a todos por creer, y por hacer.

Fernando

www.fernandogamboaescritor.com

Nota del autor:

            Para todos aquellos que no hayan tenido oportunidad de leer la carta abierta Demonios en el paraíso que escribí en 2008 y deseen hacerlo ahora, la adjunto a continuación.


Demonios en el paraíso

El motivo de este mail, es mi deseo de compartir con la mayor cantidad de personas posibles, y no sólo con las que adquieran la novela, todo aquello que he averiguado en los meses de investigación previos a la redacción del libro. Aquello que he descubierto debería hacernos reflexionar

Lo que a continuación detallo, aunque pueda parecer exagerado o tendencioso (cuando no simplemente increíble), es rigurosamente cierto y puede ser contrastado por las fuentes que cito.

A muy pocos les debe sonar un pequeño país llamado Guinea Ecuatorial; aún menos sabrían dónde situarlo en un mapa de África; y serán contados los que recuerden que, hasta hace exactamente cuarenta años, los ecuatoguineanos eran tan ciudadanos españoles como un alicantino o un gaditano lo es actualmente. Pues sí, aunque parezca inverosímil, hasta hace tan solo cuarenta años Guinea Ecuatorial era una provincia de España enclavada en la costa Africana del Golfo de Guinea; “La perla de África” la llamaban, por ostentar entonces la renta per cápita más alta de todo el continente.

Hoy, cuatro decenios después de su apresurada independencia, bajo el yugo dictatorial de la familia Obiang Nguema y con el beneplácito de las grandes potencias, cuyas empresas explotan sus campos de petróleo y expolian sus reservas madereras, Guinea Ecuatorial se ha convertido uno de los países más subdesarrollados y corruptos del mundo; y el pueblo ecuatoguineano, en uno de los más aterrorizados a manos de su propio gobierno.

El actual presidente de Guinea Ecuatorial Teodoro Obiang Nguema, quien lleva 29 largos años en el poder tras ejecutar al anterior presidente (su propio tío), ha saqueado, robado y asesinado sistemáticamente hasta extremos inconcebibles, amasando una fortuna que lo convierte en uno de los hombres más ricos del planeta, en uno de los países más pobres de África.  Aunque para ser exactos, no puede decirse que el país en sí sea pobre, pues alberga una de las mayores reservas petrolíferas del continente, cuyos beneficios de explotación reportan al régimen guineano miles de millones de euros. Lo que sucede, es que la familia Obiang se queda con ABSOLUTAMENTE TODO lo que pagan gobiernos y petroleras extranjeras (norteamericanas y chinas, sobre todo) por los derechos de extracción. Pero aunque parezca mentira, la familia Obiang no se limita sólo a quedarse con esa ingente cantidad de dinero, sino que además se dedican a robar propiedades privadas (se han apoderado aproximadamente la mitad de los terrenos edificables del país, y no han pagado un céntimo por ellos), salarios (muchos trabajadores han de pagar a la familia del presidente gran parte de lo que ganan) o negocios de los guineanos no afines al gobierno o a la familia Obiang (que al fin y al cabo es lo mismo), cuya ignominia llega al punto de despojar impune y caprichosamente a sus empobrecidos compatriotas de cualquier bien que posean sin justificación alguna.

Teodoro Obiang y su clan gobiernan Guinea Ecuatorial como lo haría un esclavista con su hacienda. Para ellos, los ciudadanos guineanos son meros vasallos a su disposición, y el país una finca privada que saquear sin tener que dar cuentas a nadie.

A pesar del río de dinero que fluye desde este desdichado rincón de África, sus habitantes no disponen de servicios sanitarios, educación, seguridad o justicia. Por ejemplo, ante cualquier emergencia médica el Hospital de Malabo es la única opción de asistencia, pero eso sí, bajo ciertas condiciones, como: pagar la estancia y el tratamiento por adelantado, y además, llevar todo lo necesario para dicha estancia y tratamiento (y con todo, me refiero a TODO: desde las jeringas o medicamentos necesarios, al colchón, las sábanas o la comida). Sin ir más lejos, cuando hace unos años estuve en Guinea, para realizarle a mi pareja un análisis de sangre el método de extracción consistió en hacerle un corte en la mano con un trozo de cristal.

Pero, por demencial que resulte, esto es sólo el principio, y ni mucho menos la peor parte.

Lo que convierte a Teodoro Obiang (conocido como “El Jefe”) y sus acólitos no sólo en ladrones, si no en peligrosos criminales, es la política de detenciones arbitrarias, encarcelamientos injustificados, torturas y asesinatos cometidos contra sus propios ciudadanos. Se calcula que durante su mandato, el actual gobierno guineano ha exterminado a nada menos que el 10% de la población del país, y una cantidad indeterminada ha desaparecido o se encuentra encarcelada ilegalmente y sin juicio previo.

Según el último informe de Amnistía Internacional, los detenidos por la policía y el ejército son torturados sistemáticamente con métodos tan brutales como mutilaciones, rotura de huesos, violaciones múltiples, descargas eléctricas en los genitales o clavar tenedores en la vagina de las detenidas.

Y para quien guste de datos e imparciales estadísticas, ahí van unas cuantas.

-         Guinea Ecuatorial produce 400.000 barriles diarios de petróleo

-         Exporta casi 1.000.000 de metros cúbicos de madera tropical al año.

-         Su Renta per Cápita la sitúa en el número 38 del ranking mundial (por encima de Kuwait o Arabia Saudita)

-         En cambio, en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU ocupa el puesto 121.

-         El 151 sobre 163 en corrupción, según Transparency International

-         La esperanza de vida es de sólo 43,3 años, según Amnistía Internacional.

-         La élite gobernante posee alrededor del 98% de la renta nacional

-         El 80% de la población vive con menos de 20 euros al mes.

-         El gobierno de Obiang ha convertido a Guinea Ecuatorial en el centro del tráfico de drogas de África Occidental.

-         Teodoro Obiang ganó las últimas elecciones con un 99,9% de los votos. Los 13 partidos políticos autorizados, estaban formados por miembros del gobierno.

-         En una reciente visita a Estados Unidos, la secretaria de estado Condoleezza Rice describió a Obiang como “buen amigo”.

-         En Julio de 2003, la radio estatal anunció que: “El presidente es un dios que está en contacto permanente con el todopoderoso, y puede matar a cualquiera sin que nadie le pida cuentas y sin ir al infierno, porque es el Dios mismo”

Sobran comentarios.

Y lo que personalmente hace que esta vergüenza común me resulte aún más dolorosa, es que el pueblo guineano, uno de los más amables, hospitalarios y generosos que he conocido, haya sido, como cité al principio, parte integrante del estado español. La atropellada y negligente descolonización de Guinea Ecuatorial por parte de España en 1968, es el origen de la inadmisible situación que ahora sufren los guineanos y a la que hoy asistimos con absoluta indiferencia y desafecto.

Pero hay que recordar que los ecuatoguineanos no sólo siguen hablando en castellano, si no que muchas de sus costumbres, celebraciones y tradiciones siguen siendo las mismas que las nuestras. Sus hijos cantan las mismas canciones que cantan los nuestros en el colegio, sus bromas son las mismas, hasta sus palabrotas son las mismas que las nuestras. Son, por decirlo así, unos primos cercanos de los que nos hemos olvidado totalmente, una parte de nuestra familia de la que nos hemos desentendido, ajenos y a veces cómplices de un castigo que de ningún modo merecen.

Porque probablemente, mientras lee este mensaje, una anciana agonizando de malaria pide un médico que nunca llegará.

Un niño está preguntando dónde están sus padres desaparecidos.

Una mujer implora a Dios que la mate, mientras es violada y torturada salvajemente en una comisaría.

Y cada día, Guinea Ecuatorial se hunde un poco más en las tinieblas.

Cada día, nuestra ignorancia nos hace más culpables.

Cada día cuenta.

Alguien dijo una vez que “Lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada”.

Quizá este sea un buen momento, para averiguar qué tipo de hombres y mujeres somos en realidad…

Y si te estás diciendo en este instante “Pero bueno, ¿yo que puedo hacer? Aquello está muy lejos”. Lo cierto es que, por desgracia, no vas mal encaminado.

Guinea Ecuatorial es víctima de la maldición del petróleo, y como puedes imaginar, estados como China, U.S.A. o Francia harán todo lo posible para mantener a Obiang en su poltrona y así garantizar un suministro fiable de crudo para sus compañías petroleras. Así que será muy difícil cambiar las cosas a corto plazo en la maltratada pero aún hermosa Guinea.

Y sin embargo, sí hay algo que podemos hacer: correr la voz.

Estos dictadores de opereta, sólo se mantienen gracias al desconocimiento que tiene el resto del mundo de las fechorías que cometen. Cuantos más de nosotros sepamos lo que sucede, y por qué sucede, más probabilidades hay de que un día quizá no muy lejano, seamos suficientes para decir basta. Cuando políticos propios y ajenos sientan vergüenza de tratar con asesinos como Obiang, o descubran que darse abrazos dictadores que no respetan los más elementales derechos humanos tiene un costo político que sus votantes les van a hacer pagar, puede que algo empiece a cambiar.

Pero éste es sólo un primer paso, ahora te toca a ti dar el siguiente ayudando a que este mensaje llegue a la mayor cantidad posible de personas.

Como se dice en estos casos: PÁSALO

Gracias por tu tiempo y tu ayuda.

                                 

General

El toco mocho bancario

Esta noche he dormido muy poco, lo confieso, así que pido excusas por adelantado si acaso mi argumentación no es todo lo fluida que debiera, pero es que ha sido levantarme, poner la tele mientras me tomaba un café con leche, y quedarme paralizado con la galleta maría a medio camino de la taza a la boca, desmenuzándose ésta, desagradable e inevitablemente, sobre la mullida y hasta ayer limpia alfombra de lana del comedor.

El culpable del estropicio: un fulano llamado Carlos Balado, director de comunicación de la Confederación Española de Cajas de Ahorro, que en el programa Informe Semanal aparecía con toda la desvergüenza que se pueda reunir en una sola persona, afirmando en pocas palabras que, las Participaciones Preferentes y Obligaciones Subordinadas (unos complejos productos financieros, que ni siquiera la mayoría de empleados de banca comprenden) que las cajas de ahorro han vendido a más de 100.000 jubilados en toda España, son un producto estupendo, y que todos los compradores fueron debidamente informados de todos los riesgos y obligaciones que este producto implicaba. Me explicaré, para los que no sepan de qué va la copla.

Las Cajas de Ahorro, ávidas de dinero por el descalabro inmobiliario que ellas mismas propiciaron, necesitaban un medio rápido y fácil de recapitalizarse, y súbitamente cayeron en la cuenta, de que había decenas de miles de pensionistas que guardaban sus ahorros en cuantas corrientes con fines tan pueriles como disfrutar de sus últimos años de vida, o dejar una pequeña herencia a sus hijos; así que, ni cortos ni perezosos, los directivos de estas cajas (de todas las Cajas, para ser precisos) urdieron un plan para hacerse con ese dinero que no era suyo.

La solución vino en forma de los productos financieros antes citados, y la manera de conseguir que los abueletes sacaran el dinero de sus cuentas y se lo dieran a ellos por las buenas, fue muy simple: engañándolos.

El proceso es muy parecido al famoso timo del toco mocho, en el que alguien que se hace pasar por un personaje de pocas luces, te ofrece un sobre en apariencia lleno de billetes de cincuenta euros que dice haberse encontrado, a cambio de unos cuantos otros billetes de veinte, que dice le gustan más. Obviamente, el resultado final es que el timador se embolsa una buena cantidad de dinero y sale corriendo, y el estafado, descubre que el sobre que el han dado, está lleno de trozos de papel de periódico.

Pues esto, exactamente, es lo que hicieron las Cajas de Ahorro. Llamaron a todos los jubilados a sus oficinas, y les ofrecieron, casi siempre en voz baja como si les confiaran la fórmula de la Coca-Cola, lo que juraban por sus muelas era el chollo del siglo y una oportunidad de inversión que no podían dejar pasar, si querían asegurar el futuro de sus hijos, nietos y biznietos. Ponga aquí sus ahorros, señora Josefa –decían-. Es como un plazo fijo, pero con más intereses, y lo puede recuperar cuando usted quiera. Hágame caso, que yo mismo ya lo he hecho, palabrita del niño Jesús.

Pero claro, eso no era así. Ni de lejos.

Aquellos que los cándidos abuelos pensaban eran personas de confianza, por el hecho de llevar corbata y tener una plaquita con su nombre en su mesa, descubrieron demasiado tarde que en realidad eran unos malnacidos sin escrúpulos que consciente, deliberada y alevosamente, los estaban desvalijando. En realidad, lo que estaban haciendo era robándoles con una sonrisa, aprovechándose de la ignorancia de gente mayor y desinformada, mintiéndoles a la cara para que, virtualmente, les regalaran de forma contractual todo el dinero que tenían en su cuenta, y que ya NUNCA podrían volver a recuperar. Porque, lo que en ningún caso les decían, era que en el acuerdo que firmaban, accedían a entregarles todos sus ahorros a perpetuidad a cambio de un ridículo interés, renunciando además al derecho de poder recuperar su dinero bajo ninguna circunstancia.

Resumiendo: les convencían para firmar un contrato, en el que voluntariamente entregaban todos sus ahorros al banco, a cambio de NADA.

Esto, que parece una exageración o la descripción de una estafa piramidal, es exactamente lo que han hecho las Cajas de Ahorro de este país nuestro, amparados por una total y sonrojante impunidad.

Obviamente, los primeros culpables de este monumental robo son los directivos hijos de la gran puta (con perdón para las putas, por supuesto) de dichas entidades, que no tuvieron inconveniente en arrebatar los ahorros de toda una vida a más de 100.000 jubilados, para equilibrar sus balances y ganar unos puntos de liquidez. Todo esto, claro, con la aquiescencia de la Comisión Nacional del Mercado de Valores y el Banco de España, que sabiendo de la estafa, miraron para otro lado importándoles un comino el asunto, como si no fueran ellos los encargados de velar por que algo así no suceda. Pero ah, tampoco nos podemos olvidar de esos empleados de banca, con los que tratamos cada día y nos saludan con cortesía, pero que no dudaron en ser compinches en esta estafa, y mentir sin recato a gente a la que sabía les iba a arruinar la vida, sabiendo del mal que estaban haciendo. Y no, no me vale la excusa de que si no lo hacía él lo haría otro, o que podía perder el empleo si se negaba a ser cómplice. Y una mierda. Quizá eso les sirva al mirarse al espejo, pero que no se lleven a engaño; mintieron, engañaron, y robaron a personas inocentes y de pocos recursos que confiaron en ellos, para salvar su empleo en un banco. Creo que cobardes, es lo mínimo que se les puede decir.

Y por último, ya para rematar la faena, aparece en Informe Semanal de RTVE el tal carlos balado (la minúscula es apropósito), aseverando tranquila y condescendientemente, que todas las personas a las que estafaron estaban perfectamente informadas de que estaban siendo engañadas, y que voluntariamente entregaron todo su dinero a las Cajas de Ahorro de forma desinteresada, a sabiendas de que eso los abocaba a su ruina más absoluta.

Entonces, al escuchar esto, es cuando se te agolpan todos los improperios del mundo en los labios, y uno corre serio riesgo de morir ahogado entre insultos y abjuraciones mientras la galleta maría dorada empapada en café con leche se deshace en el aire, espachurrándose contra la alfombra, y piensas que ojala acabara así ese fulano hipócrita, bajo las ruedas de un autobús.

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Trabajadores y empresarios

Hace unos meses, estando de viaje escuché una entrevista en una cadena de televisión norteamericana. Una entrevista a su enviado especial en España, para que les explicara el motivo de nuestra crisis y el porqué de nuestro desempleo endémico. La respuesta del periodista, tras explicar las circunstancias particulares de nuestra economía que todos sabemos, apuntó algo que he recordado en estos últimos días. España –dijo-, es un país de funcionarios; casi todo el mundo aspira a serlo, y hasta lo que no lo son, piensan como tales.

Seguramente tal afirmación es exagerada, pero me temo que el colega no andaba muy desencaminado.

Para que una sociedad cree riqueza –y en consecuencia, empleo-, se ha de fomentar la iniciativa de los potenciales empresarios y crear una cultura de respeto y apoyo a los emprendedores, en lugar de hacer aspavientos y acusarlos de enriquecerse con el sudor de nuestra frente.

Excepción hecha de los bancos y las multinacionales –de los que muchos de sus directivos deberían estar pudriéndose en la cárcel, pero de eso ya hablaremos otro día-, el noventa y cinco por ciento de las empresas de este país son PYMES o autónomos; es decir; ciudadanos de a pie, que un buen día decidieron arriesgar sus ahorros, su hipoteca, o su plan de pensiones, con la esperanza de hacer algo por ellos mismos y dejar de ser asalariados. La mayoría fracasan, pero algunos, a veces tras el segundo, cuarto, o duodécimo intento, logran salir adelante y crear una empresa que les da lo suficiente como para vivir, con la esperanza de que con el tiempo conseguirán que todo el esfuerzo y trabajo empleado, será recompensado.

Esto, ni más ni menos, es lo que tiene en la cabeza un emprendedor al crear su empresa: tener un negocio propio, ser su propio jefe, y a cambio ganar dinero con ello.

Sí, ya sé que es una obviedad, pero en demasiadas ocasiones parece que se nos olvida, que el objetivo de un empresario no es dar empleo, igual que tampoco es esa la preocupación de un bombero, o de un dependiente de zapatería. El empleo, aunque parezca de perogrullo, es una consecuencia del éxito de la empresa, y de la necesidad que ésta tenga de contratar trabajadores, no la finalidad última de ésta.

Es por esto que, cuando escucho repetir como un mantra, aquello de que “los empresarios deben crear empleo” y cosas por el estilo, no puedo evitar pensar que, el que lo dice, probablemente no ha creado nada por sí mismo en su puñetera vida. Y mucho menos, un empleo.

Los empresarios –insisto, multinacionales y bancos aparte- bastante hacen con mantenerse a flote y crear riqueza, y cuando les va bien, en lugar de señalarles con el dedo de la envidia por el éxito que los demás no hemos conseguido, lo que deberíamos hacer es aplaudirles y seguir su ejemplo. Si todos los españoles lleváramos dentro un emprendedor en lugar de un aspirante a funcionario, seguramente otro gallo nos cantaría.

El empleo no es algo que caiga del cielo, ni algo que pueda dictar el estado a golpe de decreto, ni un parque de atracciones al que los ricos nos prohíben la entrada. Seamos serios. El empleo como ya he dicho antes, es una consecuencia de la buena marcha de las empresas, y punto. No hay más donde rascar. Si las empresas van mal, no habrá trabajo por muchas manifestaciones que hagamos. Así que ¿qué importancia tiene al cabo, que los despidos sean indemnizados con veinte, treinta o cincuenta días? Si no se generan nuevos puestos de trabajo porque empresas que las están al borde de la quiebra, este es un debate bizantino. Es como estar discutiendo en la cubierta del Titanic, si los violinistas deberían tocar a Vivaldi o Puccini. Lo que importa, señores, es que el barco siga a flote.

Si las empresas son rentables (y reciben los créditos necesarios por parte de los bancos para seguir funcionando, que esa es otra), contratarán nuevos empleados. Pero si el negocio en cuestión se va a pique, inevitablemente despedirán a sus trabajadores antes de bajar la persiana. No hay vuelta de hoja.

La única manera de generar empleo y que este se mantenga a largo plazo, es fomentar la creación de nuevas empresas -sin ir más lejos eliminando las trabas burocráticas, pues por poner un ejemplo, formalizar una nueva empresa en España necesita casi tres meses, mientras en otros países se tarda menos de veinticuatro horas-. Todo lo demás, son discursos vacíos, juegos de manos y brindis al sol.

Y un apunte final. Si queremos que esas nuevas empresas con sus nuevos empleos, no se vengan abajo con la siguiente crisis, hemos de apostar decididamente por la cultura, la innovación y el desarrollo, tanto en la inversión privada como en la pública. Recortar los fondos para educación o investigación (que porcentualmente ya son los más míseros de la UE) para poner parches a las cuentas públicas, es la mayor estupidez que puede hacer un gobierno, pues lo que se hace es condenarnos a ser en el futuro un país de paletas y camareros.

Resumiendo: El empleo ni se crea ni se destruye. Lo que se crea y destruye son empresas, que a su vez son las que contratan a los trabajadores. Por ello, las políticas de creación de empleo y las reclamaciones sindicales, sólo tienen sentido si están destinadas a facilitar la creación y el funcionamiento de las mismas.

En este país, hemos de dejar de hablar de trabajadores y empresarios como si fueran razas aparte. La gran mayoría de los empresarios han sido antes trabajadores por cuenta ajena; y la gran mayoría de asalariados, también podrían ser empresarios si se lo propusieran. Esas diferencias artificiales y engañosas son propias de principios del siglo pasado, y mirar al tendero de la esquina o al dueño de una fábrica de tornillos, como unos avaros que solo buscan el beneficio propio en lugar de repartir sus bienes entre los pobres como buenos cristianos, es un ejercicio tan hipócrita como estúpido. Son ellos los únicos que nos pueden sacar de esta crisis, así que ayudémosles y sigamos su ejemplo, en lugar de criticarlos y ponerles palos en las ruedas.

Fernando

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La península del tesoro

            Después de un lustro de aspavientos, indignación, litigios, y no poco cachondeo, el tesoro de la fragata “Nuestra Señora de las Mercedes” ha llegado por fin a España; ciento noventa y dos años después de partir del puerto del Callao, allá en Perú, donde fueron acuñadas sus 500.000 monedas de oro y plata con el regio perfil del entonces rey Carlos IV de Borbón, que ya son ganas de acuñar. Tiene cierta gracia, que al cabo de dos siglos este hecho coincida con el juicio por malversación de fondos públicos de otro miembro de esa misma familia, que en su momento llevó a este país a la ruina. Pero no es esto a lo que voy -aunque si alguien tiene ganas de sacarle punta al asunto, se puede divertir un rato haciendo paralelismos-, si no a abundar un poco sobre lo de antes, es decir la indignación, el latrocinio y todo lo demás.

            Recuerdo que cuando se descubrió el pastel del Odyssey, coincidió con el lanzamiento de mi primera novela, que también va de cazatesoros submarinos, y a cada entrevista que concedía en mi peregrinaje por radios, televisiones y redacciones, de forma invariable el periodista en cuestión me preguntaba mi opinión sobre el caso. De haber tenido más maña, bien podría haber soltado algún exabrupto políticamente incorrecto al respecto, y quién sabe si ganarme con ello algún titular y así subir un tanto por ciento las ventas. Pero yo, pardillo en esas lides, procuraba irme siempre por los cerros de Úbeda y remitirme a la legislación vigente y todas esas bobadas, pensando en aprovechar el limitado tiempo de la conversación en hablar de lo que me interesaba de verdad, o sea, de mi libro. Hoy sin embargo, aunque a algo destiempo, sí que voy a decir lo que pienso y contestar casi cinco años más tarde a la pregunta que entonces me hicieron y no respondí.

            Lo cierto es que no soy arqueólogo subacuático, ni tengo más allá de unas pocas nociones sobre la legislación a la que en aquel tiempo aludía, así que si algún arqueólogo u arqueóloga, conservador de museo marítimo, abogado del estado o similar, estima conveniente enmendarme la plana o mentarme los muertos respetuosamente, lo entenderé. El caso, es que no acabo de entender el asunto. El barco de marras llevaba casi doscientos años enterrado en el fango, a tiro de piedra de las costas españolas, del mismo modo que varias decenas –por no decir centenares- de otras naves cargaditas de oro hasta los topes, salpican nuestras costas desde Algeciras a la ría de Vigo. Estoy hablando de unas 2.000 toneladas de oro en monedas y lingotes, amén de piedras preciosas y reliquias que, sumado todo su valor, superaría en mucho el déficit presupuestario que nos ha traído estos lodos. Y lodo precisamente, es lo que cubre lo que queda de todos estos barcos de los que nadie parece acordarse, más que cuando es una empresa extranjera la que pone la codicia, los medios y los huevos para recuperar la valiosísima carga de sus bodegas.

            El argumento para tachar a estos buscadores de tesoros como piratas, es que mentían respecto a sus intenciones –lo cual es cierto-, se pasaban por el forro las leyes españolas –cierto también-, y que les traía al pairo el aspecto arqueológico del asunto, estando sólo interesados en los beneficios económicos –requetecierto-. Pero lo que me pregunto, es por qué demonios el estado español no se ha decidido a recuperar del fondo marino, todos estos tesoros que ahora reclamamos dándonos golpes en el pecho alegando la españolidad de un oro que, tampoco está de más decirlo, fue extraído y acuñado en la minas sudamericanas. No me vale el argumento de la necesidad de conservarlo tal como está, porque de los barcos de madera ya poco queda tras siglos de pudrirse bajo el agua, y porque los cargamentos, puestos a conservarse, sin duda se conservarían mejor en un museo, y de paso los podríamos estudiar y disfrutar –al menos los pocos que vamos a museos, pero ese ya es otro cantar-.

Los inconvenientes para tomar el toro por los cuernos y recuperar las inmensas riquezas que yacen frente a nuestras costas, en realidad son sólo dos: Por un lado, el costo de la empresa, pues recuperar los cargamentos de estos pecios requiere una inversión a medio plazo que ningún político se atreve a financiar, aunque como ya se ha visto, reporte pingües beneficios. Un inconveniente, por otro lado, fácilmente salvable con sólo llegar a acuerdos con empresas especializadas como la misma Odyssey, y repartir los riesgos y beneficios del rescate, a condición de incorporar al equipo de recuperación arqueólogos e historiadores que velen por el buen hacer en el yacimiento.

El otro inconveniente, por desgracia, se me antoja casi insalvable, pues requeriría de alguno estos políticos nuestros que corretean por la piel de toro, se sacara el dedo del culo y tomara cartas en el asunto, haciendo de la recuperación de los miles de millones de euros que tenemos por ahí tirados –unos 100.000 millones de euros para ser más precisos-, y que tanto bien nos haría tener guardaditos en la cámara acorazada del Banco de España, un asunto de estado.

En realidad, y visto que si no les supone un beneficio propio e inmediato, en este país no hay –ni ha habido- cargo público que se salga un milímetro del estrecho carril de sus obligaciones inevitables, que va de las oposiciones imberbes a la jubilación anticipada. En realidad, decía, sería interesante el experimento de situar al frente de tan audaz empresa, a algún ex presidente de comunidad autónoma, ex alcalde, o ex yerno real ducho en pelotazos –obsérvese el hábil doble sentido-, que tras algún juicio por avaricia mal entendida, haya podido verse engrosando las listas del paro.

Nos iría que ni pintado, que algún personaje de tal corte sucumbiera al embrujo del deslumbrante oro y, ante la perspectiva de trincar algún que otro lingote, empezara a tirar de amiguismos e intereses –que es como funcionan aquí las cosas, huelga decirlo- logrando así, lo que ningún otro en más de quinientos de años. De ese modo, el susodicho podría “despistar” algún dinerillo para reformarse un palacete; el gobierno -nacional, autonómico, provincial, comarcal, municipal, y de asociación de vecinos- se colgaría las medallas; la economía española tendría más “fondo de armario” –“fondo de cámara acorazada” suena fatal-, y hasta la señora Merkel estaría feliz al vernos con algo más de dinero en el bolsillo –es un decir-. Todos contentos, en fin.

Así que, mi opinión es esa. Recuperemos las inmensas riquezas que se están muriendo de risa frente a nuestras costas estúpidamente, aunque ello suponga romper algunos tablones podridos, o llegar a acuerdos comerciales con los que tan despectivamente llamamos cazatesoros, pero que bien nos podrían ayudar a salir del apuro en que casi todos nos encontramos. ¿O es que vamos tan sobrados, que parecería poco decoroso enfangarnos –real y burocráticamente- por sólo 100.000 millones de euros?

FERNANDO

www.fernandogamboaescritor.com

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Libros y viajes

Las tardes de mi infancia transcurrían entre historias de Salgari, London, Stevenson, Kipling, Conan Doyle y sobre todo, Julio Verne. Celebraba las ocasiones en que me ponía enfermo y no podía ir al colegio, no sólo por el hecho en sí –que ya era para estar contento-, si no, además, porque significaba que mi padre al regresar del trabajo, haría una parada en el quiosco y me compraría una fantástica historia ilustrada, en la que descubriría islas misteriosas, mundos perdidos, e iría a la luna y regresaría, a tiempo para merendar un pan con chocolate. Está claro, que no era consciente de las consecuencias que ello acarrearía con el paso de los años.

A medida que iba creciendo y mis compañeros de colegio comprendían poco a poco lo que les esperaba en el mundo de los adultos, y cómo adaptarse a él, yo seguía feliz, sumergido a veinte mil leguas bajo la superficie de la realidad, estudiando sólo lo imprescindible para aprobar, e importándome un auténtico comino las notas, las reprimendas, y la mayoría de las asignaturas.

Quizá, paradójicamente, la raíz del problema estuvo en que mis padres me enseñaron a leer antes que a caminar –y no, no es que fuera torpe-. Cuando el resto de los niños aprendían a juntar la “A” con la “U”, yo me llevaba a clase algo para leer y no aburrirme, lo cual significó que en mi más tierna infancia, cuando la mente es más porosa a cualquier influencia, un montón de señores que no conocía no hacían más que describirme lejanos y exóticos parajes; donde la acechaba tras cada palmera, los malos eran malos y los buenos, héroes.

Resultaría mezquino que a mis cuarenta y pico primaveras, les echara la culpa a los libros de la desordenada vida que he llevado desde párvulos. Ya soy mayorcito, y la mayoría de mis reincidentes tropiezos y numerosas alegrías son mérito propio, pero mi curiosidad insobornable; la que me ha llevado a islas paradisíacas, tenebrosas junglas o infinitos desiertos, creo que se la debo a unos hombres y mujeres que, en su mayoría, dejaron buena parte de sí mismos impresa en las páginas de sus novelas y relatos.

Hoy escribo estas líneas sentado junto a la chimenea, en mi casa a las afueras de Barcelona, mientras una pareja de tórtolas se arrulla frente a la ventana y una imponente nube negra se acerca por el oeste anunciando tormenta para esta tarde. Hace casi cinco años que , mi primera novela, salió a la venta, y ya estoy embarcado en el viaje que significa escribir la quinta. Un viaje imaginario que aún no sé dónde me puede acabar llevando, mientras otros viajes a tierras y personas extrañas suceden paralelamente, acumulando experiencias que alimentan el viaje literario aún por escribir. Un viaje, dentro de otro viaje. Un libro, dentro de otro libro. Una vida, que acoge muchas otras.

Mi primera obra, Corazón Maya -que aun quedando finalista en un prestigioso certamen literario, nunca llegó a publicarse-, relataba uno de mis primeros viajes y desde entonces, el hecho de escribir ha ido indisolublemente unido al placer de explorar nuevos horizontes, tratando de evocar en los negros trazos de cada página; lugares que para siempre quedarán grabados en mi retina; hombres y mujeres inolvidables; o sentimientos que han forjado al hombre que soy, para bien o para mal. Han pasado ya muchos años desde que emprendí mis correrías por el mundo, pero antes incluso, ya lo había hecho caminando entre las páginas de aquellos viejos libros de aventuras, que inevitablemente han pasado a ser parte de mí.

Ahora espero que, algún día, alguien lea uno de mis libros y se encienda en él o ella, la llama de la curiosidad y el deseo de descubrir que hay más allá del horizonte. Y a ese lector -quizá usted mismo-, que se llevará consigo parte de mí y de los que previamente me moldearon con sus historias maravillosas, le deseo, de todo corazón, el mejor de los viajes.

Fernando

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